Recorrido minero en Colombia

Redacción Mundo Minero marzo 10, 2017 Comentarios desactivados en Recorrido minero en Colombia

Por: Eduardo Chaparro Ávila

Especial para Mundo Minero

El desarrollo económico y social del país ha estado ligado a la explotación de los recursos naturales que han sido semilla de la riqueza nacional.

A lo largo de su historia, Colombia ha vivido procesos exploratorios orientados a la identificación de yacimientos aptos para su extracción y aprovechamiento. Trescientos años atrás, se decía por parte de la administración colonial que: “Si las minas dejaran de trabajar, cesarían por completo los negocios y comercios, pues su actividad principal es la manufactura de textiles y la producción de alimentos, todo lo cual se vende en las regiones de la minería”. Para ello se debe abordar los antecedentes históricos tanto en el país como en la región, tanto para el oro, considerado como el metal más representativo en la historia minera nacional, como para el carbón.

Las civilizaciones precolombinas implican la existencia de procesos sistemáticos de búsqueda, extracción, beneficio y distribución de minerales. Sin ellos, no se explicarían ciudades como Machu Pichu, las pirámides de Palenque o la estatuaria de San Agustín y mucho menos la leyenda de El Dorado, las ofrendas áureas y de esmeraldas de la cultura chibcha en Guatavita, no tendría asidero, dado que ese oro, era producido en regiones distantes: Tolima y Santander, pues en el territorio muisca, no existían yacimientos auríferos ni de piedras preciosas.

Junto con el desarrollo minero se generó la creación metalúrgica, expresada en orfebrería que produjo los poporos Quimbaya y los pectorales Tolima y ni se puede dejar de lado los productos elaborados a partir de materiales arcillosos de la cerámica Tayrona, Sinú, Quimbaya y la misma Chibcha y la materia prima para la estatuaria en San Agustín, entre otros.

Según Puche Riart , no bien acababa de terminar los últimos viajes exploratorios de Colón desde lo que hoy es República Dominicana, se comienza la búsqueda de oro y plata y su explotación. A Dominicana, pocos la reconocen como la cuna de la minería de América.

Bartolomé de las Casas en su Historia Natural de Indias (1559) narra que Colón, en 1493, llegó a la Española, con herramientas y personal para explotar oro. En un memorial dirigido a los Reyes Católicos, en 1494, pedía lavadores de oro y mineros de Almadén, pues en su primer viaje, había encontrado el metal en el río Gana y para beneficiarlo, el hermano de Colón, Bartolomé, trabajó los aluviones de Cotuy y Cibao y más tarde Miguel Díaz, encontró los placeres del río Ozema, que dieron lugar al nacimiento de Santo Domingo. Puche recuerda que Jiménez de Quesada, en 1536, obtuvo del territorio conquistado 246.976 pesos en oro y 1.815 pesos en esmeraldas, una enorme fortuna. Durante el siglo XV, los conquistadores ocuparon el territorio de la actual Colombia, detrás de la mayor cantidad posible de oro.

La minería de carbón tiene múltiples antecedentes. Su uso fue muy extendido y ha sido determinante en los últimos años en la expansión económica colombiana. Los muiscas, habitantes del denominado altiplano cundiboyacense lo explotaron con múltiples fines, resultando un encadenamiento productivo poco o nada comprendido y menos conocido como la producción de sal, arcillas.

“…Tales minas constituían el tesoro del soberano muisca y su principal recurso fiscal. El reconocimiento del prestigio que las minas de sal representaban a la soberanía de los Chibchas, se descubre por el comercio con las demás tribus. Según los cronistas, en Barrancabermeja los españoles encontraron algunos panes de sal, por lo que comprendieron el sendero que debían seguir para encontrar el pueblo civilizado. La compactación de la sal requería hasta cierto punto un proceso complicado, cuya esencia ha cambiado poco durante los últimos cuatro (3) siglos. Los muiscas utilizaron también el carbón extraído de la región de Sogamoso; el cobre lo extraían de la zona de Gachalá y Moniquirá; en menor escala, el oro; la mayor parte de este era obtenido mediante el trueque con otras tribus.” 0p.cit.

Otra fuente dice que: “…Los chibchas habrían tenido la capacidad de identificar, extraer y usar el carbón mineral de vetas en Sogamoso, Tópaga, Gámeza y Monguí. En años anteriores a 1670, los indios llevaban a Tunja carbón de piedra de una mina cerca de Cucunubá. Privilegiando el oro a otros minerales al terminar la Conquista se sistematizó la búsqueda y exploración de nuevos yacimientos en ríos y quebradas, empleando las técnicas mineras españolas, aportadas por las minas de Almadén, consideradas las más antiguas del mundo si se exceptúan los hallazgos asociados al hombre del cobre en Chile.

“La minería subterránea, poco o nada se desarrolló, En unos pocos sitios del Nuevo Reino de Granada hubo minas de socavón y ellas se explotaban de la manera más rudimentaria. Durante tres siglos y algo más, la minería neogranadina trabajó de esta forma simple y primitiva, en unos casos en “reales de minas” que eran propiedades del lejano rey de España, y en otros casos en minas de particulares, quienes debían entregar al gobierno virreinal un 20 % de su producido (llamado “el quinto real”) para ser enviado a la metrópoli”

Poveda afirma que: “Cuando la mano de obra indígena se agotó debido a la mortalidad, España autorizó la traída de negros africanos que llegaban a Cartagena. Allí eran vendidos a sus nuevos amos que los llevaban a las respectivas regiones mineras donde se les requería: Antioquia, el Chocó, el alto Cauca y el valle del Patía. Otras áreas mineras que funcionaron en esos siglos en otras regiones, como los actuales Huila, Tolima y Santanderes, trabajaban con mano de obra indígena o mestiza por el antiguo sistema de la mita. Durante tres siglos largos el actual territorio colombiano produjo oro y lo envió a España. Esta tecnología contaba solamente con la mano de obra esclava, algunas herramientas de hierro y la pólvora negra como medios de producción”.

No fueron escasos los problemas jurídicos, como se consigna en un manuscrito 725 del Museo Nacional de Bogotá que cuenta pleitos entre los señores Francisco Hernández Pastor y Pedro Fernández de Navia, por una mina de plata, en Caloto, litigio que se sustanció frente al escribano don Juan de Vargas y no deja de llamar la atención que el año de referencia de este pleito es 1689. La exploración de oro y piedras preciosas generó la leyenda y búsqueda de El Dorado imán de una multitud de mineros y aventureros. La Pragmática y Ordenanzas de 10 de enero de 1559, donde se señala que las minas de oro y plata se incorporan al patrimonio real y desde allí viene la legislación minera colombiana, que no ha cesado de crecer y reformarse de forma permanente y cíclica. (Ver cuadro No 1).

Francisco Guillén y Chaparro, Presidente del Nuevo Reino, impulsó la minería de Mariquita y Gualí (o Santa-Águeda de Gaulí) y la fundición de plomo; el Virrey Arzobispo Góngora, que en 1785, puso “…en explotación, por cuenta del Gobierno, las cuatro minas de plata de Santa-Ana, la Manta, el Cristo y San-Juan”, allí trabajaría una de las cumbres y precursores de la mineralogía y metalurgia Latinoamérica, honrado en México y olvidado en Colombia, el sabio Juan José D’Elhúyar, quién continuó en esos yacimientos y en 1824 el Gobierno de Bolívar arrendó esas minas y las de Santa Ana y la Manta a Herring, Graham y Powels, Cia., por cuenta de la Asociación Colombiana de Minas, de Londres, el contrato fue prorrogado en 1853 y 1871 en favor de otras sociedades. El primer superintendente de esa operación fue Robert Stephenson, cuyo padre Georges Stephenson fue constructor de la primera locomotora y de los primeros ferrocarriles.

En los albores de la República, continuó la regulación minera, a partir la Expedición Botánica, que impulsó de investigación de ciencias naturales, con la creación de la Sociedad Económica de Bogotá, entidad que en la primera década del siglo XIX impulsó cambios para mejorar la calidad de vida virreinal.

La Expedición Botánica fue determinante en el desarrollo cultural y científico en Colombia, pues estudió la flora, la fauna y también las lenguas indígenas de su entorno, por encargo de Carlos III. La Expedición y sus integrantes impulsaron el desarrollo de ciencias relacionadas con procesos industriales, como la minería de la plata y formó los primeros expertos mineros. Fue la minería del oro, la que dio liquidez y recursos para la independencia, como lo demuestra el empréstito que en nombre del gobierno suscribió Francisco Antonio Zea con la casa financiera ingles Graham, Herring & Powels, en 1899 por un valor de dos millones de libras esterlinas, pagaderas con las ganancias de las minas de oro y plata.

Un decreto supremo del Libertador en su exposición de motivos decía: “(…) Que la minería ha estado abandonada en Colombia, sin embargo de que es una de las principales fuentes de riqueza pública (…)”. Que debe asegurarse la propiedad de las minas contra cualquier ataque y contra la facilidad de turbarla o perderla; que conviene promover los conocimientos científicos de la minería y de su mecánica, como también difundir el espíritu de asociación y de empresa para llegar al alto grado de perfección que necesita la prosperidad del Estado…” 186 años después, la discusión y las características propias del desarrollo minero colombiano no difieren mucho.

Es de resaltar el papel que en el siglo XIX tuvo el departamento del Tolima. Uno de los más ilustres escritores y analistas económicos de Colombia, don Vicente Restrepo, refiriéndose a esa región dice que “(…) El departamento del Tolima se halla encerrado entre la Cordillera Central y la Oriental y el río Magdalena. Toda la extensión de su territorio es rica en aluviones de oro; los filones de este metal, aunque muy numerosos, no han dado en ningún tiempo productos de consideración (…)” y relata que el capitán Hernán Venegas descubrió las minas de oro de Sabandijas y Venadillo, y de las de Herveo, en el territorio de los marquetones y el capitán Francisco Núñez Pedroso fundador de Mariquita en 1551 hacía laboreo minero.

Y apenas pasada la guerra civil de 1885, el general Casabianca se propuso fomentar eficazmente la explotación de las minas y expidió, con tal fin, el Decreto de 18 de enero de 1886 creando una Junta de Minas y una comisión científica. Roberto B. White fue escogido para el desempeño de la comisión y en cumplimiento de ella recorrió el Tolima en 1887. Mas, no satisfecho el general Casabianca con los informes presentados por él, solicitó la cooperación del Gobierno Nacional para encargar al Sr. John T. Randolph una nueva exploración científica de las regiones mineras del departamento.

Entre 1886 a 1890, hubo un activo mercado de operaciones y títulos mineros vinculados a más de 400 filones de cuarzo con oro, y de piritas auro-argentíferas y argentíferas, que dejaron de funcionar por hechos que aún hoy se repiten entre los pequeños mineros actuales: las exploraciones no fueron dirigidas con acierto y no se comprendió la composición de los minerales, ni el modo como está agregado el oro y combinada la plata a los sulfuros. Fue premonitorio Restrepo cuando al final del artículo mencionado dice: “Creemos que para que se determine un movimiento completamente favorable a la minería del Tolima, basta con que haya una empresa que al montarse bien, dé buenos resultados, porque entonces, roto el círculo de desconfianza que actualmente nos aprisiona, los capitales tenderán hacia una industria cuyos azares son más bien imaginarios que reales.”

Además del Tolima, Antioquia fue el escenario, de desarrollos regulatorios y operativos. Allí se expidió el Código de Minas del Estado Soberano de Antioquia, que según afirmaban expertos como Palacio, sirvió y fue usado en California y por sobre todo, las figuras de la Sociedad Ordinaria de Minas y la forma como durante la época Federal se emitían bonos acciones y circulante por parte de las empresas mineras, para activar, dinamizar y consolidar sus operaciones. El modelo de acumulación de capital merced a la propiedad de la tierra recibe un viraje determinante con la emisión de acciones como las de la Sociedad de la Mina El Zancudo, que con sus altibajos renació de la mano de uno de los más afamados empresarios de Antioquia don Coriolano Amador, quien la llevó a ser la empresa más exitosa de Colombia en el siglo XIX.

Icono del desarrollo científico, académico y empresarial de Colombia fue la creación de Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Colombia, mediante la ley 60 de 1886 que creó dos escuelas de minería, una en Medellín y otra en Ibagué. En 1887 se suspendió la de Ibagué y quedó solo la de Medellín, La Escuela Nacional de Minas, una institución independiente, muy ligada en sus inicios a la Universidad de Antioquia. La Escuela de Minas por más de 120 año ha entregado al país los ingenieros, geólogos y dirigentes que han construido buena parte de la infraestructura nacional. Cerrejón, Paz de Río, Mineros S.A., las fábricas de cemento y múltiples industrias han sido creadas y desarrolladas por los egresados de esa institución. Se convierte en facultad por medio del Acuerdo Nº 131 de 1939 del Consejo Directivo de la Universidad Nacional en 1940.

Las reformas y revueltas políticas impidieron consolidar la institucionalidad en el siglo XIX, aunque Rafael Núñez promovió el conocimiento técnico-científico al crear una gran Comisión Científica Nacional, Ley 59 de 1881, que ordena el establecimiento de una comisión científica permanente. Hay que considerar otro hito: la consagración del concepto de la propiedad inalienable e imprescriptible del suelo y del subsuelo minero desarrollado a partir de la Constitución de 1886.

A comienzos del siglo XX, Colombia era el primer productor de oro del mundo, pero a mediados de los treinta la producción declinó de manera notable, por fenómenos como la falta de exploración y los acuerdos que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. Luego de esos años, no se registró interés internacional para invertir en exploración minera de oro o plata y las compañías extranjeras partieron generando en los años siguientes una fuerte polémica por la forma de su salida. La compañía Chocó Pacífico representa la síntesis de toda la historia oscura. Su partida dio paso a la empresa Mineros Colombianos S.A. compañía líder mundial en minería aluvial del oro y reconocida por la explotación en la zona del bajo Cauca Antioqueño.

La minería en Paz de Río y en el depósito del Cerrejón, constituyeron el comienzo de la minería moderna en Colombia. Este último yacimiento fue pedido para su explotación desde 1855 cuando se registra en la Notaría Primera de Riohacha. El Gobierno colombiano para promocionar la industrialización trajo expertos alemanes e ingleses quienes quisieron desarrollar las reservas de cobre de La Guajira, presentes en la Serranía de Perijá, intento que fue frustrado por el retiro de los técnicos.

La cercanía al mar, su condición físico-química, y métodos mineros modernos hicieron atractiva la explotación del Cerrejón, a la que seguirían el desarrollo del Cesar de similares características. En 1976-1977 se denominó proyecto Cerrejón Zona Norte, que arrancó en paralelo con el llamado Zona central, que impulsara el IFI, Ecopetrol y la Empresa Colombiana de Minas, hoy Servicio Geológico. Luego se desarrollarían los carbones de Córdoba y un efímero florecimiento de los carbones del interior del país en la cuenca Chécua- Lenguazaque y la de Samacá. También se destacan el desarrollo ferroviario de Norte de Santander y el de Boyacá con el complejo industrial minero siderúrgico Paz del Río y el desarrollo fabril de Antioquia, con el aporte energético de la cuenca del Sinifaná.

En 1800, la minería representaba el 36,1 por ciento del PIB del país, pero su importancia iba más allá de eso. El investigador S. Kalmanovitz, afirma que a diferencia de las prácticas de segregación social, impulsadas con el cultivo del café, la minería dio movilidad social: “(…) Aquí también las diferencias sociales no estaban basadas en elementos raciales y la movilidad del trabajo era alta, debido a las oportunidades que existían en la pequeña minería del norte de Antioquia y del Chocó”. Y Ocampo destaca del papel que jugó la minería en el desarrollo y despegue industrial de Colombia, en especial en Antioquia:

“El ferrocarril de Amagá fue un proyecto estratégico por la eficiencia, economía y rapidez ofrecidas en el abastecimiento de carbón amagaseño (subrayado autor) a todos los ferrocarriles del occidente colombiano y a la floreciente industria de Medellín que producía buena parte de su energía con máquinas de vapor. Facilitó además al ferrocarril Medellín-Puerto Berrío la provisión de carbón, lo cual redujo considerablemente sus gastos de operación y el impacto en la destrucción de los bosques utilizados para combustible de las locomotoras (…) “

El plan de desarrollo 2020-2014 del gobierno de Juan Manuel Santos propuso al país transitar desde la política de “seguridad democrática” de su predecesor a la “prosperidad democrática”, con base en el estímulo de cinco locomotoras económicas: construcción de vivienda, infraestructura, minería, agricultura e innovación.

La idea en este caso era la de convertir a la minería en una locomotora que jalonara la economía en pro de la equidad, con lo que se reconocía el potencial minero del país y la necesidad de aprovechar esa riqueza, hasta ese momento latente y sin interés para los inversionistas.

Dos años después, según la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (Andi) el sector de la minería contribuía con el 2,2 por ciento del PIB y representaba el 23,7 por ciento de exportaciones del país, estimándose que las operaciones mineras legales aportaban unos 300.000 empleos.

Institucionalmente, la minería ha atravesado distintos estadios en la historia nacional hasta llegar al actual modelo minero de dirección y promoción de la industria. La creación del Ministerio de Minas y Energía tiene su origen en las condiciones generadas por la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), cuando las restricciones a las importaciones, presentadas a raíz del conflicto, movieron hacia a la adopción de planes de industrialización y producción endógena, para lo cual se decidió impulsar la búsqueda, explotación y comercialización de recursos naturales, entre otras fuentes de producción. Por ello, (Decreto 968 de mayo de 1940) dio paso a un ministerio especializado en recursos naturales, el Ministerio de Minas y Petróleos, para que se ocupara de cuatro grandes áreas de trabajo. i) Petróleos y Minas; ii) salinas terrestres y marinas; iii) Bienes Ocultos y iv) Laboratorio Nacional de Análisis e investigaciones.

A comienzos de la década de los cincuenta se creó el Ministerio de Fomento, marcando el inicio de las múltiples diferencias con la institucionalidad minera, pues ese nuevo ministerio asume para sí las funciones diseñadas para el sector y para otras actividades solo por considerar su carácter de industria que se requiere fomentar.

Luego se da una serie de cambios en el esquema organizacional minero revisando decisiones anteriores, como el Decreto 0481 de 1952 que separa las funciones propias de su ámbito y luego en 1968, la cartera de Minas, asume la administración de las fuentes de energía incluyendo el petróleo, gas natural, carbón y minerales radioactivos y cubriendo un amplio porcentaje del consumo energético y, encarga al despacho de Obras Públicas la generación, transmisión y comercialización de energía, con lo cual congeló la posibilidad de evaluar, desarrollar y aprovechar el potencial energético del país.

La Ley 20 de 1969, remozó la legislación y salvo el mantenimiento del concepto de Reconocimiento de Propiedad Privada, la Nación consolidó de manera inalienable e imprescriptible la propiedad del suelo y del subsuelo minero. Concepto base de toda la legislación minera nacional, con un Estado administrador de ese recurso, que otorga o niega el acceso a depósitos minerales a solicitantes públicos o privados, nacionales o extranjeros.

Continuaron cambios, con la creación o desaparición de empresas dependencias y entidades, como la creación de la Agencia Nacional de Minería (ANM), el instrumento más reciente que sigue los lineamientos dados con la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH).

Ciertamente hoy la institucionalidad es más compleja porque las condiciones lo ameritan, pero los continuos ajustes y restructuraciones arrojan un complejo panorama de mutabilidad institucional que conspira contra la realización de las propuestas de los gobiernos, además han hecho perder buena parte de la memoria institucional.

La nueva institución llamada a liderar al sector, la Agencia Nacional de Minería, ANM, ha sufrido en su corta existencia frecuentes cambios en su dirección, pero la expectativa es que logre consolidar un trabajo continuo que forme un alto nivel técnico en un sector con grandes complejidades y que requiere confianza y certidumbre, pues la planeación, estructuración y ejecución de los proyectos requieren una visión de largo plazo y en los que las inversiones son muy significativas.

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