SUDÁFRICA: ¿RICOS, PARA QUÉ?

admin octubre 15, 2012 Comentarios desactivados en SUDÁFRICA: ¿RICOS, PARA QUÉ?

Con las mayores riquezas mundiales en varios minerales, este país posee una de las sociedades más desiguales, y buena parte de la población no tiene acceso a los servicios básicos. Toda una sangrienta historia minera.

 

Una noticia “financiera” de hace diez días, fechada en Londres, parecía mostrar que el pasado se olvida: “El grupo Lonmin, tercer productor mundial de platino con sede en Reino Unido, ha abierto la jornada en fuerte alza en la Bolsa de Londres, tras la firma de un acuerdo con los mineros en Sudáfrica, que pone fin a más de un mes de conflicto, que ha causado más de cuarenta víctimas”. Las acciones de la compañía subieron en una sola jornada casi un 9%, luego que los trabajadores sudafricanos aceptaron un incremento de sueldo entre el 11% y 22% para los operarios de la sede de Marikana, en el norte del país, donde la policía mató a 34 personas el pasado 16 de agosto.

Todo que ver con Sudáfrica, el país líder mundial en la minería: es el mayor productor de oro y platino del planeta y uno de los principales productores de metales base y carbón. La industria de diamantes es la cuarta más grande del mundo, superada solo por Botswana, Canadá y Rusia. Los datos muestran que solo carece de dos minerales estratégicos: bauxita y petróleo crudo, pero tiene todo lo demás: metales y minerales preciosos, minerales energéticos, metales y minerales no ferrosos, minerales ferrosos y minerales industriales. Las empresas mineras sudafricanas dominan en muchas partes del globo.

Pero además de sus grandes reservas minerales, Sudáfrica se destaca por los altos niveles de conocimiento en técnicas de producción y actividades de desarrollo e investigación, apoyados por una moderna infraestructura, como laboratorios, plantas y talleres. Esto lo ha convertido en uno de los principales proveedores de productos y servicios para el procesamiento minero e ingeniería metalúrgica de todo el mundo.

Las protestas no son nuevas en Sudáfrica: casi a diario las hay y crecientes. En el 2004 hubo 10 protestas por la falta de acceso a los servicios públicos; cuatro años después  fueron 27; en el 2011 se dieron 81 y en los primeros siete meses de 2012, 113, según Municipal IQ, una organización privada sudafricana.

Lo que ocurrió en agosto pasado en una mina de platino de Marikana, a unos 100 kilómetros de Johannesburgo, fue el despertar de un sueño que comenzó en 1994, con la victoria de Nelson Mandela, que puso fin al régimen racista del apartheid. En Marikana murieron ahora 40 mineros, dos policías y dos guardas, y 270 operarios fueron arrestados durante unas protestas en las que los trabajadores exigían mejoras en sus condiciones laborales y un aumento de sueldo.

“Creíamos que estábamos teniendo una pesadilla cuando vimos las imágenes de Marikana”, dijo Desmond Tutu, quien en 1984 obtuvo el Premio Nobel de la Paz por su activismo contra el apartheid. “¿Esos éramos nosotros? ¡No! Debía ser un flashback de los días horribles de las injusticias y la opresión. Pero no, sí que éramos nosotros, en el 2012, en nuestra democracia”.

“Ha habido enormes cambios en Sudáfrica desde 1994, ha surgido una clase media que antes estaba excluida”, sigue De Vos; “pero mucha gente no se siente incluida”, dijo Pierre de Vos, el vicedecano del departamento de Derecho Público de la universidad de la capital.

¿A qué se deben las protestas de la gente si el país es muy rico? Sudáfrica ha bajado el nivel de pobreza, y hoy solo el 23% de la población vive por debajo de la línea de pobreza; pero esto no ha significado un mejoramiento en el bienestar de los ciudadanos, sino que las condiciones han empeorado desde mediados de los noventa: la esperanza de vida ha pasado de 61 años en 1994 a 52 en el 2010, los ricos han aumentado tanto su riqueza que Sudáfrica tiene el mayor coeficiente Gini del mundo, que mide la desigualdad económica, según el Banco Mundial. Una gran parte de la población no tiene un acceso adecuado a agua corriente, electricidad, educación y sanidad.

La población negra no ha sido tenida en cuenta ni incluida, en buena parte porque la nueva élite negra ha usado el poder para enriquecerse. Según un informe de El País de España, varias figuras son representativas de esta tendencia. Como la de Cyril Ramaphosa, uno de los líderes del ANC en la negociación que trajo el fin del régimen racista. Hoy es un hombre de negocios multimillonario y forma parte del consejo de administración de Lonmin, la empresa británica dueña de la mina de Marikana.

Otro caso es el de Khulubuse Zuma, sobrino del actual presidente, Jacob Zuma, y Zondwa Mandela, nieto de Nelson Mandela. Los jóvenes Zuma y Mandela eran los administradores de la mina de oro Aurora y han sido acusados de no pagar a los trabajadores y de enriquecerse mediante la venta de activos de la mina.

“Lo que necesitamos es un nuevo liderazgo. Necesitamos a alguien como Mandela, que mostró la capacidad de liderazgo y de dar ejemplo, que es hoy la esperanza de todos los sudafricanos”, sostiene Johan Burger, investigador en el programa

El Gobierno ha sido incapaz de controlar la situación. Pasada la masacre de Marikana, es seguro que lleguen nuevas huelgas y protestas en otras minas, y las manifestaciones que exigen servicios públicos y una mayor inclusión en la riqueza minera se tomarán las calles de esta Sudáfrica.

 

Una historia triste

 

La masacre en las minas de platino de Marikana del pasado 16 de agosto fue un recorderis de la relación de fatalidad entre las riquezas del subsuelo y los intereses de varios de los grupos poblacionales de Sudáfrica en distintos momentos de su historia.

El primer capítulo se produjo entre 1899 y 1902, durante la Segunda Guerra de los Bóers, conflicto entre la metrópoli inglesa y los colonos de origen holandés, denominados afrikaners. La manzana de la discordia fue Witwatersrand, la mina de oro de mayor tamaño del mundo descubierta en 1886 y cuyo manejo era el botín.

El triunfo británico se produjo con derramamiento de sangre y miles de muertos, algunas cifras estiman en 20.000. Se cumplió lo que había vaticinado tiempo atrás Paul Kruger, líder de la resistencia bóer: “En lugar de regocijaros, haríais mejor en llorar, pues este oro será causa de un baño de sangre en nuestro país”.

El segundo capítulo se vivió en 1922, con la conocida Rebelión armada del Rand, en alusión al nombre de la moneda. Los mineros blancos se opusieron a la iniciativa de las directivas que buscaba que los mineros negros, que ganaban menos, accedieran a cargos cualificados. Los primeros ganaban 848 rand por año, por 70 de los segundos.

El Gobierno del general Jan Smuts no reparó en esfuerzos para reprimir esta acción con la fuerza pública. Con el bombardero DH-9 atacó a los mineros blancos, considerados bolcheviques por haber recibido el apoyo del Partido Comunista. El saldo final de la respuesta oficial fue de 200 muertos.

El tercer capítulo se dio en 1946, cuando se produjo la huelga minera de los negros, que pedían mejores condiciones laborales y salarios justos. Este movimiento, que colmó de público la Plaza de Mercado de Johannesburgo, fue respaldado por el Congreso Nacional Africano y algunos líderes locales. La respuesta oficial fue encabezada por la policía, que atacó a los manifestantes. Algunas cifras señalan cerca de 1.600 heridos y una decena de muertos.

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